Grandes historias detrás del planeador Perlan II

Perlan IIEl Perlan II rompió el fin de semana el récord mundial de altura para un planeador sin motor. Infobae en su post nos cuenta el dialogó que tuvieron con los voluntarios que hicieron posible esta hazaña en El Calafate

«El ‘Cholo’ marca el camino», se oye. ‘Cholo’, como todos los conocen, es Horacio Miranda, una leyenda argentina de la aviación, un mito que en su octava década de vida se calza la ropa de piloto para subir a su aeronave y carretear, dar el empujón necesario, al Perlan II, un planeador que ya quedó en la historia de la aviación por haber alcanzado los 15.902 kilómetros de altura, 52.172 pies, consiguiendo así el récord mundial para un vuelo sin motor, el domingo 3 de septiembre reciente, en El Calafate, Santa Cruz.

Oriundo de General Roca, ‘Cholo’ sube a su amado avión cordobés Aero Boero 180. Antes mira hacia la eternidad, un vacío lleno de celeste y nubes que marcan el destino de una epopeya, una hazaña como la que él mismo realizó en 2003, cuando obtuvo el récord mundial por haber alcanzado la marca de velocidad en triángulo de 100 kilómetros a un promedio de 249,09 kilómetros con un planeador en Chos Malal, Neuquén. Récord que aún mantiene.

«Comencé a volar en 1975 y no sé hasta cuándo lo haré o más bien hasta que el apto-físico diga lo contrario», comenta que mientras el viento frío patagónico golpea su rostro ajado, en el que las líneas de expresión se ramifican como itinerarios de vuelo. «Cuando me convocaron no lo dudé demasiado, volar es una parte muy importante de mi vida y me gusta la idea de ayudar. No lo hago por orgullo, por satisfacción personal, sino para cooperar con un proyecto», comenta antes de comenzar el vuelo.

Pero el viaje del Cholo junto al Perlan II no es nuevo, comenzó hace más de una década, en 2004, cuando el millonario y aventurero Steve Fossett lo convocó para comenzar a «marcar el camino». Es que la historia de este nuevo récord del planeador sin motor tiene una génesis, que como en todas las grandes hazañas, comienza por una inquietud, un sueño, que desafiaba lo hasta entonces posible.

El Perlan II es un proyecto que surgió de la experiencia de Einar Enevoldson, un piloto de investigación civil quien se desempeñó en el Centro de Investigación de Vuelo de la NASA entre 1968 y 1986, el principal sitio de la agencia aeroespacial norteamericana para la investigación aeronáutica, donde se operan algunos de los aviones más avanzados del mundo. Enevoldson recopiló a lo largo de los años evidencia científica sobre la existencia de un fenómeno meteorológico hoy conocido como ondas de montaña estratosféricas.

«Estas ondas generan una sensación similar a surfear una ola, pero en la montaña. El gran problema es que a diferencia del mar no se pueden ver, en general; solo guiarse por los instrumentos. Eso sí, una vez que subes a ella puedes sentirla en el aeroplano y en el cuerpo», explica el español Miguel Iturmendi, uno de los pilotos que realizan pruebas, junto a los norteamericanos Jim Payne, Tim Gardner y el australiano Morgan Sandercock.

El proyecto terminó de forjarse en 1999, cuando Fossett, el primer hombre en volar en solitario alrededor del mundo sin escalas en un globo, impresionado -y convencido- por el hallazgo de Enevoldson, decidió solventar el Perlan Mission I y participar como piloto. El 30 de agosto de 2006, Fossett y Enevoldson, a bordo de un planeador DG-505m especialmente preparado, batieron la ahora extinta marca mundial de altura, sin motor, al alcanzar los 50.722 pies (15,5 km), 1.662 pies (0,5 km) más que el récord anterior. Esa aeronave se exhibe en el Museo de Aviación de Seattle.

En 2007, Fossett fallece en un accidente aeronáutico en Nevada, entonces el proyecto parece haber llegado a su fin hasta que en julio de 2014, el gigante aeronáutico Airbus comenzó a patrocinar el proyecto Airbus Perlan Mission II, que esta vez, además de quedarse con el récord mundial, también posee diferentes objetivos científicos.

Paul Eremenko, CTO de Airbus, explica que «la Misión» busca «expandir las fronteras de la aviación» y para eso debieron buscar «personas realmente inspiradoras de todas partes del mundo», que puedan «convertir el proyecto en suyo». Y es que en el proyecto, por más que la tecnología juega un rol fundamental, hay algo de artesanal, de cuidado, de protección hacia el planeador, como si sus alas albergaran no solo un desafío científico, sino múltiples sueños, un sin fin de experiencias que parecen conjugarse, unirse, para llegar más alto que nadie, más lejos de lo que aún en sus momentos oníricos pudieron alcanzar.

En total, entre EEUU y Argentina, alrededor de 50 personas trabajan para el Perlan II, todos voluntarios, todos apasionados del aire. Muchos de ellos dejan sus trabajos durante dos meses al año para convertir a El Calafate en un hogar improvisado, lejos de los afectos. Entre ellos se encuentra Ed Warnock (73), CEO del proyecto, licenciado en Ingeniería Aeroespacial, quien tiene una larga foja de vuelos en planeador, desde Filipinas a Sudán.

«Cuando me sumé hace siete años al proyecto lo que me vino a la cabeza fue la primera vez que planeé. Es una sensación única, la aeronave y tu se convierten en uno, podés sentir cada cambio en el aire, es como bailar en el cielo», comenta Warnock a Infobae.

Otro gran romántico del proyecto es Jim Payne, el piloto principal, ganador de múltiples competiciones en planeador y dueño, entre otras cosas, de insignias de Oro y Diamante de Altura por su vuelo en un SGS 1-26 en la onda Tehachapi y la Medalla Lilienthal 2001 (el máximo galardón de vuelo a vela de la FAI). «Mi padre fue piloto durante la Segunda Guerra, en B’52 y B’17. Así que el amor por volar es parte de mi ADN. Si bien siempre quise pilotear, una vez vi un documental sobre planeadores y todo cambió. Me di cuenta que mi pasión por el aire no estaba mediada por un motor», comenta a Infobae, durante una de las pruebas del Perlan II que tienen como punto de partida el Aeroclub Lago Argentino, dentro de Aeropuerto Internacional Comandante Armando Tola.

Pero no todos los soñadores tienen una vida, o una herencia, ligada a la aviación; a otros se les despierta por una especie de curiosidad instintiva, que algunos llaman destino. Es el caso de Loris Glimer, francés, de apenas 20 años, un centennial de pura sepa, estudiante de ingeniería aeronáutica, quien está realizando un «pasantía»: «Leí sobre el proyecto y comencé a buscar información en Internet: quedé fascinado. Me puse en contacto con Ed (Warnock) y le expliqué que tenía una idea para una cabina virtual». Gracias a su trabajo, que solo le tomó unos meses, se puede seguir vía internet las incidencias de cada vuelo del Perlan II. De alguna manera, Glimer aportó lo que él más deseaba, un contacto directo vía web, con las alturas, con las gélidas olas montañosas.

«Es una experiencia increíble. Estoy trabajando, aprendiendo, de grandes pilotos e ingenieros, personas que sienten y viven la aviación de una manera pasional. Es sin dudas el lugar para estar, porque además de la pasión hay innovación tecnológica y desafíos inmensos», agrega Glimer.

Glimer se refiere a que el Perlan II es rupturista y, a su vez, una herramienta para entender la aviación del futuro. El aeroplano tiene características únicas, como una cabina presurizada con un sistema de respiración cerrado, validando el sistema que permite a los pilotos sobrevivir en unas condiciones atmosféricas similares a las de Marte, está realizado en un 95% por fibra de carbono y puede alcanzar una velocidad de 55 kilómetros por hora a 90 mil pies.

«Los adelantos del Perlan no se traspasarán de manera inmediata a los aviones comerciales, pero son una prueba de lo que una aeronave puede resistir allá arriba, en la puerta del espacio», agrega Eremenko.

Entre las metas científicas se encuentran ayudar a cerrar brechas de información relacionadas con el cambio climático; aprender más sobre aeronaves volando en climas extremos a grandes altitudes, efectos de la radiación en pilotos y también sobre las posibilidades de los aviones en la estratósfera, entre otras.

Desde abajo, el Perlan planea hasta perderse de la vista. La idealización es inmediata, romántica, la evidencia más pura del hombre imitando a las aves, dejándose llevar por la naturaleza. Pero la experiencia no es sencilla, la temperatura en vuelo puede alcanzar los -60° y adentro de la cabina, los -20°. Los pilotos no usan traje de astronautas, aunque sí un uniforme especialmente diseñado en Italia para mantener la temperatura lo máximo posible, aunque cada uno tiene su propia técnica para enfrentar el frío, que van desde utilizar varias capas de ropa debajo hasta un «calefactor» que se pone en el pecho, pero que en contrapartida roba energía a las baterías del vehículo.

De soñadores y locos por la aviación, de récords y desafíos, de estudiantes y experimentados pilotos. El Perlan II reúne la quintaesencia del aire, a aquellos que prefieren levitar alimentados por la promesa de lo irrepetible, a los que eligen no tener los pies en la tierra y anhelan «surfear entre montañas» o «bailar en el cielo», que soñaron acariciar el espacio, sin motor de por medio, y, algún día, poder mirar al firmamento a la cara, sabiéndose iguales.

Referente: Infobae

 

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